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ESCRIBIR,
LA HORA DE LA VERDAD
Hace unos años, cuando
visité el Museo del Periodismo en Washington, vi. una película dirigida
al público que se hacía una pregunta central, la que se hacen todos
quienes deciden en un periódico lo que va a publicarse al día siguiente:
¿qué es lo que convierte un acontecimiento en una noticia? La respuesta
que mostraba esta película era que puede serlo cualquier expresión de la
vida llevada a sus extremos. El amor, el odio, la violencia, la
compasión, el perdón, la esperanza, el abuso, el coraje, la corrupción,
la muerte, el sexo, y por supuesto la mezcla de todas estas experiencias y
de otras son noticia. Si un grupo de fanáticos vuela las torres gemelas
de Nueva York, el odio y la violencia son noticia. Si un policía se
enfrenta a un grupo de maleantes y defiende a una persona desprotegida de
la que están abusando, el coraje es noticia. Si un hombre renuncia al
trono de su país y decide hacerlo por el amor de una mujer como lo hizo
alguna vez el príncipe de Inglaterra, el amor es noticia. El periodismo
es capaz de asimilar todos los grandes temas de lo humano y en esto se
parece a la novela. La novela y el periodismo se alimentan de la realidad
pero el periodismo tiene que ser fiel a los hechos mientras que los hechos
en una novela son sólo un punto de partida.
Y, sin embargo, creo que tanto en el periodismo como en la novela, hay un
principio moral similar, un principio que todo novelista y todo periodista
debe tener en cuenta. En el caso del periodista, la moral tiene que ver
obviamente con su fidelidad a los hechos que cuenta. Pero no sólo a ellos
sino también a sus propias impresiones sobre esos hechos, a lo que siente
en torno a ellos. Un cronista puede y debe introducir un tono de
subjetividad que pueda darle un color personal a su historia. Y no puede
traicionar en ningún caso esta perspectiva emocional que lo une a lo que
cuenta. La moral del escritor de novelas no es distinta. Las emociones del
escritor son inseparables de su modo de presentar sus acontecimientos. Un
escritor que quiera fabricarse emociones postizas por complacer al lector
o al editor o por pensar que con ellas puede vender más ejemplares o
puede congraciarse con más gente, un escritor que finja sentir lo que no
siente, está traicionando un principio moral de la literatura: que es una
expresión sincera sobre sí mismo. Esta honestidad no es menor porque los
acontecimientos de los que habla un escritor puedan ser ficticios. Una
buena novela es una verdad a medias exagerada al doble.
Por otro lado, es cierto que las grandes novelas presentan personaje
ficticios, que no existen. Y sin embargo, vaya si existen. Quiero decir,
vaya si existe su soledad, su frustración, su dolor, su coraje, su honor,
vaya si existen Jean Valjean, Eugenia Grandet, el capitán Ahab. Son
personajes hechos con los retazos de muchos seres vivos y con el espíritu
del propio escritor. Estos seres aparecen por lo tanto como más vivos que
muchos seres reales después de leer sobre ellos.
Hay una frase de Ezra Pound según la cual las grandes novelas dan
noticias que siempre son noticias. Homero siempre está dando la noticia
de la guerra de Troya y leído hoy su poema, tantos siglos después de ser
escrito, su noticia de la muerte de Héctor es más viva que muchas de las
que leemos en el diario. Homero puso tanto de sí en contar la muerte de
Héctor que la escena sigue siendo vívida en nuestra conciencia como lo
ha sido para sus millones de lectores a lo largo de los siglos. El gran
escritor es capaz de ofrecer en las palabras una vida eterna a un
acontecimiento. La honestidad es un principio esencial a la hora de contar
noticias ciertas o de ficción. Cuando uno escribe -periodismo o novelas-,
es la hora de la verdad, la nuestra y la de los acontecimientos.
Alonso
Cueto
Alonso Cueto
Escritor de prestigio
internacional. Ha publicado un buen número de obras, la última de ellas
es Grandes Miradas. Es editor de El Dominical de El
Comercio y profesor de Periodismo Especializado en la UPC.
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