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investigar y escribir Luis Jochamowitz ¿Cómo se llega a conocer sobre algo (un naufragio, un gobernante, una guerra, etc.) en profundidad o cantidad suficiente para intentar contarlo por escrito a los contemporáneos? Los términos de la pregunta parecen formar misterios aún más arduos que el conjunto. No existe, por ejemplo, ninguna medida o certificación para lo de profundidad o cantidad suficiente; incluso la posibilidad de llegar a conocer sobre algo podría discutirse honradamente entre los que escriben sobre naufragios, gobernantes o guerras. Apenas la tercera parte de la pregunta -intentar contarlo por escrito a los contemporáneos - se libra de ser puesta en duda, aunque parezca un propósito inmoderado. De todas maneras, la pregunta deja un principio de explicación. Los contemporáneos quieren leer sobre naufragios, gobernantes o guerras, y alguien tiene que escribir esas historias, aunque sus instrumentos de conocimiento siempre estén en discusión. Es la vieja historia de la necesidad y el órgano. Cualquiera que haya trabajado en una redacción se habrá sorprendido alguna vez ante la prodigiosa construcción de textos que se desata con la confluencia de dos requisitos: un tema o encargo de investigación, y una hora o fecha límite de entrega. La perplejidad omnisciente que produce esa incesante fabricación, suele presentarse con más agudeza al principio; luego, a fuerza de comprobarse, cuando la escritura parece un reflejo de la voluntad, o el resultado de calculados movimientos de mano, la sorpresa se hace cada vez más rara, y el que escribe comienza a creer ingenuamente que existen razones o conocimientos especiales que lo llevan a ser el encargado de contar la historia. Aceptemos al menos una razón: es un trabajo, alguien tiene que hacerlo, aunque no se tenga respuesta sobre la clase de conocimiento necesario para hacer frente a toda clase de catástrofes o prodigios que en el mundo ocurren. Dicho sea esto sin insistir en lo esencialmente misterioso de ese mundo: el naufragio ocurrió de noche y no dejó testigos; el gobernante mintió con gran autoridad; la guerra era incomprensible como un caso de locura colectiva. Y aún suponiendo que los más grandes misterios pueden ser contados en palabras que sean sensatas y claras, y de preferencia pocas y bellas, el que cubre el encargo no dejará de notar otros inconvenientes: a menudo la trama está hecha para no ser contada; los hechos ocurren más allá de la voluntad del encargado que es recibido como un observador indeseado y desvergonzado; los personajes principales de la historia se encierran atrás de sus altos muros, y tratan de ser vistos lo menos posible, o que sólo trascienda lo que ellos quieren que se conozca. Por último, el presupuesto para investigar y escribir suele ser exiguo, y los plazos de entrega perentorios. Y, no obstante, debe reconocerse que el trabajo continúa haciéndose hasta nuestros días. Los encargados siguen enfrentándose a la historia reciente con resultados varios, como todo en la vida, pero a veces, quizás en más casos de los que se supone, los hechos encuentran las palabras precisas que se contarán para siempre, o lo que es igual, por una generación. La falta de correspondencia entre los medios que se tienen (una persona que hace preguntas, habla con la gente, consulta papeles y escribe de noche) y los fines que se buscan (contar la historia de lo que notoriamente sucedió), es siempre insalvable porque trata de dar cuenta de algo tan imponderable como un accidente, un mal entendido esencial que llamamos actualidad. Se trata de una enorme categoría mental, formada quizás a modo de cicatriz, por la fatalidad de estar condenados a vivir despiertos en una continua y lineal existencia, que para mayor desconsuelo ocurre en un tiempo presente perpetuo. La desagradable sensación de fuga y desorden que deja esa única experiencia de insomnes, contrasta desagradablemente con cierta nostalgia natural por la totalidad, el orden o las simetrías. De semejante desproporción entre los medios y el fin, han nacido toda clase de extraños géneros y subgéneros, que pueden ir desde el suelto hasta la novela, pero que en esencia intentan lo mismo: atrapar en palabras el tiempo que fuga. Hay desde antiguo una querella con la actualidad. Es un monstruo tiránico e infinito que nunca se cansa. Simula su muerte y se entierra a la hora del cierre, pero resucita con el nuevo día, más imperioso que nunca, acosando a sus servidores con nuevas órdenes que llegan cuando las anteriores no se han terminado de cumplir. Últimamente, digamos en los últimos 50 años, ha extendido sus dictados hacia profesiones que antes parecían inmunes a ella, pero su más brutal tiranía sigue ejerciéndose en el diarismo y sus versiones electrónicas, particularmente entre los que antes se llamaban publicistas o escritores, y cada vez más en el último siglo, periodistas. Lo que últimamente parece haber sucedido es que la antigua necesidad de registrar y contar el acontecer, exacerbado entre otras causas por el desarrollo tecnológico, se ha desarrollado hasta extremos que a un hombre de hace un siglo le parecerían aterradores o ridículos. La invención del periódico, la radio, la televisión, o el Internet, continúan un único propósito: oponerse a la condición fraccionada, temporal, aislada en el tiempo y en el espacio que padecen los individuos, ofreciéndoles a cambio la ilusión de un mundo en el que todo ocurre real, instantánea y simultáneamente. La curiosa noción de tiempo real, que saltó de los maniobras militares a las transmisiones de televisión, parece representar la última fase de esa guerra incesante, aunque es de esperar que aparezcan nuevas interfases e ingenios para encapsular el misterio del tiempo. Cada ejemplar de diario que lee un promedio de cinco personas, cada terminal eléctrico o telefónico, forman una compleja red nerviosa que ha casi terminado de cubrir la tierra. Por esas vías corre el mar de informaciones políticas, bursátiles, climáticas, deportivas, y cuanto pueda ser de interés o utilidad, pero atrás, o junto a todo ese estruendo pasajero, lo único que permanece es la red de terminaciones nerviosas y su silencioso latir desde el otro lado de la línea, repitiendo su único mensaje verdadero: aquí seguimos... tal vez algo ocurra en cualquier momento. Como sucede en cualquier actividad que nunca se detiene, la persecución de la actualidad ha enloquecido ligeramente y desarrollado manías; la búsqueda de la primicia, por ejemplo, esa situación que se crea cuando son muchos los que van tras la misma historia; entre las mayores deformaciones del gusto y la sensatez que los medios de comunicación han divulgado por el mundo, figura la creencia de que llegar primero es la clave de todo. Esa es la lógica interna de la red nerviosa, que al multiplicar el número de terminales ha propiciado la competencia, pero no es el comienzo ni el final de una historia. Les guste o no, los contadores de historias reales están atados de una pata a la actualidad. No hay casi manera de estar preparado para lidiar con toda clase de fenómenos recientes, pero está comprobado que se puede investigar y escribir sobre ellos quizás con provecho. Es de suponer que eso ocurre no necesariamente porque ahora hay en las redacciones más especialistas en desastres marítimos, gobernabilidad, o conflictos bélicos, sino porque investigar y escribir siguen siendo actividades a las que una cierta integridad o gusto obligan a destinar los mejores esfuerzos. Investigar y escribir son dos momentos diferentes que en cierto punto son lo mismo. Con frecuencia se investiga con una libreta de notas donde aparecen por primera vez las palabras de los testigos, y si el encargado tiene buen oído, letra rápida, o al menos una grabadora, hasta los giros verbales que se usaron la primera vez. Pero no es esa clase de anotaciones la que hace la escritura, que se supone es posterior a la investigación. Ya que su tema es la realidad, es de suponer que se requiere una cantidad mínima de información para comenzar a desatar el nudo de la escritura, pero, ¿cuánta y qué información? Para contar el tiempo que fuga hay dos alternativas posibles: encerrarse en una habitación para escribir sobre hechos imaginarios y/o reescritos por la memoria, o salir a averiguar sobre hechos reales, para luego regresar a la habitación. En el segundo caso se renuncia a dirigir la trama de la historia según unos fueros personales, y, en cambio, el encargado se somete al dictado de lo que va apareciendo en una indagación que puede tener infinitas variantes. Sería más conciso decir que en el primer caso el autor miente deliberadamente, mientras que en el segundo caso el autor dice la verdad, pero sabemos que el asunto es algo más ambiguo. Renunciar a dirigir la trama no quiere decir que la historia no tenga que ser creada, en última instancia inventada. La cantidad de elecciones, olvidos, errores, engaños y toda clase de subjetividades que rodean al investigador, no hace menos exigente su acatamiento a las reglas de lo real, pero vuelven relativa esa realidad. Luego, en el momento de escribir, la masa informe, que el investigador ha logrado acumular, pasa por una nueva transformación en la que, otra vez, el olvido, la elección personal, el auto engaño, o simplemente las limitaciones de expresión, terminan de dar forma a eso que exageradamente llamamos realidad. En todo caso, el que se ve obligado a abandonar la habitación para ir en busca de su historia, apenas ha postergado por un tiempo el momento de sentarse a escribir. Lo más recomendable sería que ese plazo fuera amplio y prorrogable, pero como eso ocurre raramente, lo más probable es que investigar y escribir sean intermitencias periódicas. Entonces se puede apreciar que investigar y escribir son momentos aparentemente distintos, pero que en su última fase se confunden. Es un hecho cierto que se investiga para escribir sobre algo, pero es más misterioso que se escribe para terminar de investigar sobre algo. La escritura es una forma de conocimiento y la última fase de la investigación, cuando la materia difusa de lo averiguado toma unas formas y significados precisos que a veces no se sabía que estaban allí. Al final, ni siquiera la actualidad - que es todo exterioridad e inmediatez- puede impedir que, si se dan determinadas condiciones, se establezca entre el investigador y su tema una relación personal, de modo que el investigador termina sintiendo que los eventos que ocurrieron en la realidad han pasado a formar parte de un asunto propio. Las condiciones por las que ese fenómeno psicológico ocurre deben ser variadas y misteriosas, pero hay una indispensable. Se la podría llamar perseverancia en la investigación, pero más descriptivamente se diría que es la sensación que deja la reconstrucción de distintos trozos de significado que comienzan a armar series y argumentos. La curiosidad intelectual, o las resonancias sentimentales que produce ese fenómeno, puede ser tan intensa que transforma los eventos más remotos o los personajes más hostiles en asuntos estrictamente personales. Dicho así parecería una regla general, pero estamos en el reino de la casuística. Hay casos en que, por transposiciones inconscientes o autobiográficas, la investigación habitaba en el interior del investigador desde mucho antes de que lo supiera. Pero otros casos pueden permanecer inexpugnables, sin vínculo aparente con su perseguidor, aunque misteriosamente interiorizados y significados. Quizá eso ocurre porque la realidad es tan inextricable e infinita que siempre podrá abarcar toda la imaginación o ciencia que se halle a mano, pero también es posible - y esta posibilidad no excluye a la anterior - que las personas podamos adaptarnos a todo, no importa qué grado de mentira, fealdad o vileza se les ofrezca a los que se quieran asomar al mundo real. Por esas vías uno se puede interiorizar con un personaje repulsivo, o apasionarse con una verdadera catástrofe, una calamidad que los directamente implicados prefieren olvidar. Es como ser miembro de esa tribu, descrita por un viajero, que habitaba en la espesura de un pantano, rodeada de aguas pestilentes y arbustos espinosos, pero que juraba que les había tocado el paraíso terrenal, un lugar que nunca cambiarían por el horrible y peligroso mundo exterior. Luis Jochamowitz Escritor y periodista de investigación. Por muchos años ha sido colaborador de la revista
Caretas, es ahora editor asociado de Etiqueta Negra. Es autor de
Ciudadano Fujimori y profesor de Periodismo Literario de la UPC. |