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Cómo conseguir una buena historia y no morir en el intento Una de las historias más tristes que he conocido se la contaron a mis manos. Fue durante una de esas comisiones que se reciben a última hora y que se debe aceptar porque uno es empleado para eso. Hasta que se diga que no, por supuesto. Doscientos niños de todo el país se reunían en Huampaní, convocados por el Ministerio de Educación, para exponer un rato sobre el problema de ser estudiante y a la vez trabajador. Tres de la tarde. A través de los árboles se colaba un sol que invitaba al bostezo, asociación muy propia de los condenados a ganarse el pan con el sudor de la frente. Las pocas ganas de trabajar se me durmieron aun más cuando al llegar al auditorio, un potente equipo cuadrofónico -de esos que anuncian en las polladas- regaba chillidos de tecnocumbia sobre una masa desconcertada de chiquillos. Los organizadores habían preparado una fiesta de bienvenida que se iba tomando ya la mitad del tiempo previsto para el debate. Pero eso no parecía importarle a nadie. Los funcionarios barrigones paseaban sus corbatas de un lado a otro, asistiendo servicialmente a los payasos. Levantaban palmas, distribuían premios, identificaban concursantes: "A ver, el que se llame Pepito que pase al frente". La desilusión estaba dibujada en los rostros de los menos chicos, que preferían huir un rato de ese circo para caminar al lado del río o para dormir sobre las plantas. Yo mismo había salido espantado, sobre todo porque no se me ocurría qué iría a escribir al regresar a la redacción. Los funcionarios del Ministerio de Educación podían hablar muy bien de las conclusiones que sacarían de ese cónclave infantil, que los aportes serían incluidos en no sé que norma legal, que el Gobierno estaba cumpliendo su promesa de atender a la niñez, en fin. Lo cierto era que ahí no estaba pasando nada de eso. Todo parecía más bien la fiesta del hijo de algún militante oficialista, aprendiz de la Baquerizo quizá. Y eso que los niños sí venían con un rollo y una historia: empleadas domésticas de doce años, lustrabotas a tiempo completo, obreritos huérfanos sin tiempo para la escuela nocturna. Rostros chaposos de la puna. Ojos rasgados de la selva. Por ahí iban mis anotaciones, pero nada que me emocionara de verdad. Y ya me estaba despidiendo de esos pocos niños, cuando la mano de uno de ellos en la mía me produjo un estremecimiento de espanto. La retuve un rato para enterarme bien de lo que pasaba. Era una manota más grande que la mía, áspera como un guijarro, tan gruesa que parecía un guante de box. Piel de corteza de árbol. Dedos abultados como sogas. Desde el otro extremo del brazo, bajo unos pelos de alambre, los ojitos de un niño de doce años me clavaban su inocencia. Por supuesto, él no era conciente de lo que estaba sucediendo, porque lo que sucedía, sucedía sólo en mí. Todo ese congreso bulliciosamente enmudecido hablaba a través de una persona: Ney Reaño. El ruido ya asomaba distante, como a kilómetros de ahí, y el resto del mundo se convertía en bruma. Jalé a un lado a Ney para comprobar que era verdad todo lo que me había contado su mano. "De tanto trotar sobre páginas de cuadernos, el lápiz hace a la mano más dócil y ligera. Es la gimnasia mínima del estudio", escribiría esa tarde. Claro que el caso de Ney era la comprobación opuesta de esa teoría. Cuando le pedí que escribiera en mi libreta el lugar donde vivía, la palabra Rumiyacu asomó lenta desde una culebra discontinua de nudos temblorosos. Y Rumiyacu, me dijo después, es el nombre del río de Moyobamba adonde él iba -¿va?- a ganarse cuatro soles al día llenando camiones con arena para construcción. A pura lampa. Diez horas seguidas. "Muéstrame tu mano y te diré cuánto estudias", seguí escribiendo esa tarde. Ney no iba a la escuela. Su mano me lo contó. Las buenas historias están siempre revoloteando sobre nuestros sentidos. Lugar común. Secreto a gritos. Pero para llegar a ellas hay que tomar el camino no convencional de la locura. Buscar un nuevo sentido para los sentidos. Escuchar con el tacto, tocar con la mirada, mirar con el oído. Y, claro, apuntar con el pensamiento. Los ojos del cronista no deben ser nunca una cámara fotográfica, sino un corazón que registra sentimientos. Para eso hay que andar y andar a pie porque las buenas historias -salvo las de niños de la calle- jamás golpean las ventanillas del automóvil. Ni van en busca de uno a las cárceles a voluntad que algunos llaman oficinas. Muchas de las mejores historias -y las que me gustan más- son las que se tejen en el anonimato de las esquinas y aun las que ocurren a escondidas, en la cotidianidad más doméstica. Adulterios graciosos. Estafas de monedero. Cucufatería barata. Depresiones bajo cuatro llaves. Claro que estos temas -dirán algunos- son predominio de la literatura, y en especial del cuento, que ingresa a la vida íntima de las personas por la puerta de la invención. No hay en eso una imposibilidad teórica. La crónica, hija malcriada de la literatura, puede colarse a los mismos espacios a través de las ventanas transparentes del testimonio. Simple como eso.
Nada es más placentero que
buscar una noticia donde no hay noticia. De hecho prefiero ser yo quien
proponga los temas que escribiré, antes que aceptar la mirada plana,
convencional y ociosa de ciertos editores. El azar es el mejor cuadro de
comisiones. Y para apropiarse de ese método hay que entrenarse un poco.
En principio, se requiere un conocimiento anatómico de la ciudad. Pliegue
por pliegue. Lunar por lunar. Segundo, una atención parabólica. Tercero,
el sexto sentido de la sensibilidad que algunas veces se puede confundir
con el olfato. Francisco Igartua le llamó capacidad de asombro. Guillermo
Cabrera Infante prefiere hablar del ojo pineal, algo así como un tercer
ojo, su ventana sobre el mundo. Eloy Jáuregui, en términos más
específicos y criollos, habla mucho sobre el sentido de tener calle. Los
publicistas agarrándose del status quo de la cultura popular han
divulgado la frase tener esquina. Pura palabrería o verdad, lo cierto es
que nada de esto vendría a juego sin un ingrediente previo y natural: la
curiosidad. Juguemos a la calle Personaje: El Cronista: curioso viandante que por cuestiones de supervivencia, o del oficio, porta siempre una libreta. Viaja El Cronista en una combi. Rumbo al trabajo. Una calma chicha en el ambiente. Su mirada perdida en los confines de Acho. La plaza rosada de toros con un coqueto matiz amarillento debajo del metro de altura, aporte paisajístico de los meones. Un tumulto que forma un collar alrededor de un poste llama su atención. El grupo no es muy nutrido para pensar en una marcha de protesta en gestación. Apenas veinte personas. Y ninguna lleva pancartas. La combi avanza con lentitud, distribuyendo una cuota de angustia en los pasajeros a punto de llegar tarde al trabajo. El Cronista es uno de ellos, pero él sigue observando, por la ventanilla, a los otros. Uno por uno son víctimas de su mirada. Todos en andrajos. Quizá sean mendigos. ¿Pero tantos reunidos? Algo traman. Pero algunos están bebiendo alcohol. Deben de ser vagos o pastrulos. Pero hay niños. Pirañitas. Pero todos llevan bolsas de caramelos en las manos. Vendedores. Y las mujeres están llorando. Y sobre el poste ondea un bolsa negra. Y eso que rodean además del poste parece ser una cajón. Y junto con las botellas hay pétalos de flores regados en el suelo. Y una vieja reparte café en vasos descartables. Y la combi arranca. Y él está seguro de que llegará tarde al trabajo. Pero confía en que la decisión que acaba de tomar valdrá la pena. ¡Bajo en la esquina! Al día siguiente el
periódico para el que trabaja dirá lo siguiente: "Amarrada a un
mugriento poste de luz, y bajo la tutela del cerro San Cristóbal, una
bolsa negra es el único cobijo de los lamentos. '¡Por qué te fuiste,
Centavito!'. Pero no es el frío de la mañana el que arrebata de cuajo la
afligida borrachera de los presentes, sino el olor del muerto que lleva ya
cuatro días sin conocer su tumba. Aurora, hermana mayor del difunto, se
levanta de la vereda y camina hasta la carretilla que soporta el cajón,
pateando las botellas que desperdician las últimas gotas de pisco sobre
el suelo. El 15 de abril del 2002, el
gremio de vendedores de caramelos de Acho velaba silenciosamente a uno de
sus integrantes pasados a mejor vida. Luis Humberto Escobar, como la
mayoría de ellos, literalmente no tenía ni donde caerse muerto. Esta
circunstancia motivó una accidentada colecta callejera que, luego de
cuatro días, recién pudo alcanzar su objetivo: conseguir dinero para el
entierro. Bajo esa experiencia, todos los deudos pudieron comprobar que
incluso los que nada tienen algo dejan en esta vida. Los muertos no traen
tumba bajo el brazo, y la inevitable herencia es su propio cadáver. Esta
conclusión, plenamente subjetiva, está presente en el texto como un foco
bajo el cual se alumbra la historia. Es la verdad imaginada que el
cronista quiere revelar, a la par que cuenta los hechos presenciados. Hay
pues dos acciones unidas: registrar lo que ocurre y pensar lo que se va a
contar. La otra esquina Trabajé en El Comercio durante tres años, al cabo de los cuales me retiré del periodismo diario con las mismas excusas del vegetariano ante la carne: hace daño. Un periódico tiene las exigencias del tiempo que se va y toda demora es un descuento al tiempo personal. Claro que se puede encontrar cierto vértigo delicioso cuando el sonido de las teclas se suma al del reloj. Cuando el editor grita desde una esquina el tamaño del texto que uno debe escribir. Mil palabras. Lanzada la condena, el periodista transpira al coger el teléfono para hacer esa llamada inevitable: Hoy también saldré tarde. La página en blanco asoma entonces como una invitación a la locura. Se ha dicho poco de la manera en que la creatividad aparece en tales circunstancias, cuando el cuchillo del cierre pende sobre la cabeza del cronista. Cualquier cosa que se diga en las universidades sobre la prisa con la que se debe escribir en un diario, no tiene comparación con lo que ocurre en la realidad. No se habla tampoco de la incomprensión de los editores que asumen que una crónica es un texto cualquiera pero más extenso. Un ladrillo más dentro de la página a llenar. Porque muchas veces son esos mismos editores los que tienen a su cargo los cursos de crónicas en las escuelas de periodismo. En verdad creo que además de los amigos -hechos en la práctica, por cierto-, los libros suelen ser el mejor antídoto contra la pedagogía establecida. Monsiváis entiende, por ejemplo, que en una crónica la obligación informativa cede el paso a la ambición estética. Al yo del cronista. Orwell lo decía sin más reparos al enumerar las razones que lo llevaban a escribir. La primera de ellas, decía, es el egoísmo agudo, la ambición individual, el deseo de gritar lo que se piensa y de que ese grito sea tan fuerte que pueda matar las ideas que preceden a las nuestras. Para Antonio Cisneros, la poesía es la lucha permanente contra el lugar común. La crónica no tiene otro terreno de batalla. El cronista es un escritor que se enfrenta a un mundo -el periodístico, como primera órbita- donde la palabra ha sido desprestigiada por la ociosidad. Y donde la realidad es usualmente reducida a fórmulas miserables. Veamos algunas: Procesión: "Miles de fieles colmaron ayer las calles de Chorrillos para adorar con devoción la imagen de San Pedro, patrono de los pescadores. El santo fue paseado por las principales capillas rodeado de una fervorosa multitud que portaba inciensos y que entonaba cánticos en su honor..." Accidente: "Dramáticas escenas de dolor protagonizaron ayer los parientes del menor D.D.T. (12), quien perdió la vida al cruzar la pista de la Panamericana Sur y ser embestido por el vehículo de placa AGG- 666. El irresponsable conductor, en evidente estado de ebriedad, según fuentes confiables, se dio a la fuga inmediatamente. La policía anda tras sus pasos..." Incendio: "Un dantesco incendio ocurrió la madrugada de ayer en una feria comercial ubicada a la altura del kilómetro 22 de la avenida Tupac Amaru, en Comas, y dejó como saldo decenas de personas damnificadas. El fuego, informaron efectivos del cuerpo de Bomberos, se habría iniciado en un cortocircuito..." Bajo esta mirada llena de legañas, todas las procesiones estarán llenas de fervor aun cuando cada vez haya menos fieles; las muertes no podrán ser otra cosa que dramáticas a pesar de que se originen en la estúpida decisión de no cruzar la pista por un puente; y los incendios, serán dantescos sin que Dante haya tenido la autoría intelectual. Pero, ¿de dónde viene tanta fraseología barata? Pues de la poca ambición, de la miopía espiritual, del mal gusto que se funda en la poca o mala lectura. Contar una historia es descubrir el mundo con la ingenuidad de un niño al que todo sorprende, para luego reinventarlo con la astucia de un mago que hechiza con las ideas. Palabras e imágenes personales. Al diablo la objetividad. En la crónica la subjetividad será siempre la noticia. Marco Avilés Redactor de la revista Caretas, colaborador de Etiqueta Negra y de la revista venezolana Complot. Trabajó durante tres años en El Comercio dibujando las calles con letras. Estudió periodismo en la Universidad Mayor de San Marcos. |