NARRANDO EN IMAGENES

No recuerdo la fecha exacta pero debe haber sucedido hace unos 10 u 11 años. Como todos los lunes -y como sucede desde siempre en todos los programas de investigación a la hora de discutir la agenda de la semana- los reporteros de “Contrapunto”estábamos reunidos alrededor de la maciza y vieja mesa de madera que presidía Julián Cortéz, director del entonces exitoso programa de Frecuencia Latina.

Ocupábamos una oficinita de emergencia con paredes de triplay y techo de calamina debido a los destrozos provocados por el atentado terrorista contra el canal (1992). Una oficinta que me había parecido muy cálida cuando pasé el casting para nuevos reporteros, pero que aquella mañana se me hacía insoportable por la tensión que reinaba, el angustiante silencio,y el nervioso cruce de miradas al que dedicaban todo su esfuerzo mis colegas.

Ocurría que yo era la nueva, y que mi primer reportaje (sobre la visita del hijo de Bob Marley al Perú) se había proyectado allí mismo, delante de todos, para que los periodistas del programa lo evaluaran. Acontecía que transcurridos ya algunos minutos, nadie se atrevía a dar una opinión sobre el trabajo de la debutante, o sea, sobre mi trabajo.

Fue entonces cuando Cortéz me clavó los ojos encima y dijo: “la verdad es que sus compañeros quieren ser buenos con usted. No hablan ni opinan porque si lo hicieran tendrían que decir la verdad y me temo que la verdad señorita Huertas es que su reportaje fue un desastre. Un bodrio aburrido y larguísimo, porque ni siquiera ha sentido piedad por el público que ha tenido que “comerse” veinte minutos, escuchando sobre “reggae” y viendo a 4 negros disforzados, malolientes y despeinados en la pantalla de Contrapunto. Acaso, ¿usted no sabe que éste es el mejor programa de la televisión peruana?, ¿no sabe que La Revista Dominical y Panorama están desesperados porque hacemos 30 puntos de rating en la mañana y les “quemamos” todas las notas?. Créame que cualquier periodista mataría por ocupar su lugar en esta mesa y usted –subió el tono de voz- se da el lujo de burlarse de nosotros de esta manera.”.

Tenía los ojos desorbitados, el pelo erizado y la cara rojísima. Preguntó por el camarógrafo, por el editor y maltrató al pobre “Paiche”, como apodábamos al sub director Elmer Olórtegui, le recriminó como a hijo por no haber evitado la emisión de semejante insulto a la inteligencia.
Finalmente más sereno me dijo: “Tiene usted otra oportunidad aunque..... realmente, calculo que recién en dos años –si puede y dura- tendrá derecho de llamarse reportera.”

No voy a negar que salí de la oficinita completamente desmoralizada y que luego de mi segundo reportaje hasta pensé en renunciar porque la humillación fue peor.
Sucedió, sin embargo, que mi tercer reportaje gustó a Cortez tanto, que hasta lo puso de ejemplo en la reunión del lunes. Y yo, me quedé en “Contrapunto” año y medio más.

Recuerdo que ese tercer reportaje trataba sobre la muerte de una adolescente peruana en Italia, una chica a la que sus padres enviaron a Roma de la mano de una “señora” que prometía conseguirle un buen trabajo pero que terminó arrojándola a los brazos de un proxeneta.
Todo indicaba que la muchacha se había suicidado y no es difícil imaginarse el desgarrador drama que envolvía a los humildes familiares, quienes llegaron en busca de justicia hasta la oficina del director de “Contrapunto”.

También recuerdo que ante la posibilidad de quedar desempleada cuidé muchísimo cada detalle: la entrevista a la mamá, al papá, a la amiga que la contactó con la “señora”. Incluso conseguí el teléfono de Carlota (así se llamaba la mujer) en Roma y grabé una entrevista telefónica con ella.

Las tomas de apoyo en el cuarto de la muchacha, con primeros planos de los juguetes, el diario que escribía y las estampitas de santos que guardaba en su mesa de noche.
Supervisé directamente el encuadre de cada toma y la iluminación. Procuré crear un ambiente de penumbra más acorde con el tono dramático de la historia.
Hice encuestas entre las amigas del colegio y hasta le pedí al dibujante que imaginara como pudo ocurrir el suicidio de la muchacha dentro de un cuarto de baño, según deduje de las versiones de los testigos.
Por aquellos tiempos, Contrapunto usaba dibujos y no recreaciones con actores –como se hace actualmente- para representar situaciones que era imposible volver a grabar con la cámara, como por ejemplo: el asalto a un banco, una violación o un suicidio.

Finalmente, y debo reconocer que a insistencia de Cortéz, recorrí, de cabo a rabo, el pueblo joven donde vivía la familia, para encontrar en la casa de uno de los amigos de la muchacha un video. El video de una fiesta de 15 años a la que esta joven cuyo nombre lamentablemente no recuerdo, acudió como invitada , en el que se le veía muy sonriente, vestida de blanco, bailando y departiendo con chicos. Fue entonces, mientras editaba mi nota y “vestía” (2) con las tomas de ese vhs, ruinoso y mal grabado, mi texto, que me di cuenta del extraordinario poder expresivo de las imágenes cuando discurren en la pantalla de un televisor.

No tuve que decir una palabra para explicar que la niña llevaba el pelo a la altura de los hombros, que tenía bonita sonrisa o que bailaba con torpeza. Las tomas captadas, en dicha oportunidad, por una cámara vhs, lo dijeron todo.

Supuse que el efecto podía ser más intenso si esas imágenes eran acompañadas por una canción de Andrea Bocelli. Al escucharla, mi editora y yo quedamos convencidas de que era la más adecuada para lo que buscábamos. El público se trasladaría imaginariamente a Italia y contagiado de la tristeza de la melodía, compartiría también, la tristeza que inspiraba tan trágico acontecimiento. Imágenes y música como complementos ideales, expresando exactamente lo que nosotras pretendíamos expresar.

Esa noche, descubrí también que el tiempo de una historia en televisión siempre es presente, que para la pantalla no hay pasado como tampoco futuro. Como dirían los amantes de la ciencia ficción estamos frente a otra dimensión. ¿Un tiempo irreal? Puede ser. Lo cierto es, que mientras esa cinta corría, aquella jovencita -entre otras cosas y por arte de magia- estaba viva de nuevo, allí frente a mi y a la editora. Como lo estuvo luego, frente a los miles de televidentes que ese domingo hace diez u once años prendieron la tele, vieron “Contrapunto” y mi nota al aire.
El impacto fue instantáneo. El programa no acababa y la policía ya se había puesto en contacto con nosotros para hacerse cargo de la investigación. Entre tanto, decenas de personas particulares conmovidas por la tragedia de aquella familia ofrecían ayuda de todo tipo, desde ropa o dinero, hasta orientación psicológica.
13 minutos bastaron para contar una historia que realmente trascurrió a lo largo de unos 6 meses. 13 minutos y la vida de sus protagonistas nunca más fue la misma.

La imagen: el otro lenguaje

Gracias a ese tercer reportaje entendí cuales habían sido mis errores en los anteriores: mucho texto, poca imagen, nada de emoción y muy poca comprensión del medio: la televisión.
El segundo, no se mencionó antes; fue una denuncia de contaminación en Los Pantanos de Villa. ¡Sorpresa!, yo hablaba de los pantanos y de la inagotable variedad de flora y fauna pero no mostraba absolutamente nada. Inexperta, confié plenamente en el camarógrafo que me asignaron, y claro, el susodicho no hizo un solo primer plano de ave migratoria o mariposa alguna. Se limitó a grabar planos generales exactamente iguales y el resultado fue un reportaje monótono, agotador, insufrible.

Ese, justamente, suele ser el principal error de quien cambia la prensa escrita por la televisión: escribir demasiado olvidando que la imagen también se “lee” y que, por lo tanto, hay que aprender a escribir pensando en ella.

Cada vez que me toca dictar el Taller de Periodismo de Investigación en Televisión a los chicos de octavo ciclo, procuro que vean un reportaje que desde mi humilde opinión es una de las mejores crónicas televisivas que se han hecho: un reportaje sobre la vida de los marginales que viven a lo largo de la Vía Expresa que preparó Beto Ortiz para la desaparecida “Revista Dominical”.

Beto recurrió a un filósofo de la calle cuya principal ocupación era recorrer a pie el zanjón todos los días, para que sirviera de guía al televidente. Este personaje, abre y cierra el reportaje, pero además; aparece de cuando en cuando, recitando una serie de versos que funcionan como irónicas introducciones a las vidas de los otros.
Otro recurso interesante en el reportaje mencionado es el uso de “metáforas visuales”. Por ejemplo, en una secuencia, el reportero empieza hablando de un sujeto que duerme bajo uno de los puentes y de la singular amistad que ha nacido entre él y un perro callejero.
La cámara ha “ponchado” al perro durmiendo sobre unos cartones viejos pero en seguida, hará lo mismo con un grupo de niños, quienes también duermen, sobre pasto, algunos metros más allá. Se suceden varios planos de los niños durmiendo, tomas de detalle de sus rostros o el poco abrigo con que cuentan.
El reportero ya no dice nada, el televidente únicamente ve y escucha una canción de cuna.

De esta manera, sin palabras, se ha comparado al perro con los niños, para subrayar la dramática realidad de los niños, los más pequeños vecinos de la Vía Expresa.

Está claro, pues, que no es lo mismo escribir un reportaje para una revista o el suplemento dominical de un periódico que, pensar y producir uno para televisión. En el primero, la materia prima es la prosa informada, en el segundo, una historia que pueda ser sostenida por la imagen.

¿Qué entendemos como imagen?

Los viajes, las larguísimas jornadas en la isla de edición y la inagotable aventura que supone trabajar en un canal de televisión en el Perú me alejaron definitivamente de la universidad y la prensa escrita. No me arrepiento, aún cuando quienes hemos optado con legítimo derecho por este medio estemos condenados al juicio público y hasta a la mirada por encima del hombro de los que eligieron ser “intelectuales” y no meros hacedores de rating barato y embrutecedor, como se nos suele etiquetar.

No es un reproche, pero creo que abundan los prejuiciosos en este medio aunque acepto que verdad que no son pocos los que han hecho, hacen y harán cualquier cosa por ganar un par de puntos en la medición de audiencia para garantizarse así- aunque sea una semana más- la supervivencia en el mercado.
Abramos un paréntesis. Dos centímetros de frente bastan para percatarnos del objetivo que hubo detrás de la historia de “Solange” presentada hace algunas semanas atrás en “Panorama”. Aquella ilusa muchachita que parecía estar “jugando” a la reportera mientras nos contaba mirando con desparpajo a la cámara que se había “disfrazado” de prostituta para realizar con mayor realismo y crudeza una profunda investigación sobre la poco conocida vida de las mujeres de la calle.
Pues bien, en la calle quedó la aprendiz de reportera tras la lluvia de críticas que cayó sobre su trabajo en el “Panorama” que hoy produce Alamo Pérez Luna y supervisa puntillosamente Alejandro Guerrero, un programa –que duda cabe- venido a menos, zarandeado hasta el hartazgo por las trifulcas legales y lobbyes particulares de Don Genaro al que sólo consuela “ganar” el domingo.

Podríamos dedicar sendas páginas a estas reflexiones y resultará inevitable que las retomemos más adelante. Ahora, debemos orientar nuestro razonamiento al interés principal de este artículo que tiene que ver mas bien con rescatar las enormes posibilidades que ofrece el uso de la imagen en la crónica o reportaje de investigación, posibilidades narrativas al servicio de la investigación periodística y la crónica sazonada.

Lo primero será definir qué cosa entendemos como imagen. La siguiente es una definición tomada del libro “Pensar la Imagen” de Santos Zunzunegui:

“Imagen: representación de un objeto en dibujo, pintura, escultura, etc.”. “Figura de un objeto formada en un espejo, una pantalla, la retina del ojo, una placa fotográfica, etc., por los rayos de luz o de otra clase que parten del objeto.” “Esa misma figura recibida en la mente a través del ojo.” “Representación figurativa de un objeto en la mente.”.
(tomado de María Moliner: Diccionario de uso del español: “, II, 90).(1)

Hoy, como es obvio, no nos interesa la imagen que se forma en la mente, objeto de estudio de la psicología cognitiva, y tampoco aquella de “construida sobre un significante de naturaleza tridimensional tradicional (por ejemplo, la escultura)” (2)). Hoy nos quedamos simplemente con la representación bidimensional de un objeto u objetos formada en una pantalla de televisión y obtenida a partir de un proceso tecnológico. Una -imagen-signo como arguye la semiótica, una imagen- lenguaje, capaz de subordinar en ocasiones a la mismísima palabra.

Me he valido de mis atropellados comienzos en Contrapunto para explicar mejor que tal y como ocurre con el lenguaje verbal o escrito, este lenguaje icónico también se “aprende” a punta de ensayos y constancia. Así como un pequeño balbucea antes de pronunciar su primera palabra, así el reportero ensaya y vuelve a ensayar hasta dominar una técnica. Una técnica cuyo objetivo no es la producción de imágenes en sí mismas, si no mas bien la producción de textos periodísticos donde la imagen, la palabra y el sonido interactúan.

Los textos periodísticos en la televisión.

Teniendo en cuenta que ...“en un juego de actos de comunicación, los emisores y los destinatarios no producen palabras o frases (o no reciben o interpretan signos) sino textos” (3) y considerando que “ha sido la semiótica estructuralista la que ha colocado la bases para un estudio moderno de esta noción. Noción que también ha sido objeto de análisis de la lingüística textual y la pragmática.” (4); podemos comprender el concepto de “texto” de la siguiente manera:

“El texto debe ser considerado como el medio privilegiado de las intenciones comunicativas. Es a través de la textualidad donde es realizada no sólo la función pragmática de la comunicación, sino, también donde es reconocida por la sociedad.
Se trata por ello, de un todo discursivo coherente por medio del cual se llevan a cabo estrategias de comunicación. De ahí su carácter de proceso comunicativo, capaz de aceptar –como constituyentes de igual grado- tanto los signos lingüísticos como los no lingüísticos......”. (5).

Así, una foto en la portada de una revista, la nota “abridora” del noticiero, el reportaje central del programa de los domingos a las 8 de la noche, o el extraordinario documental de Daniel Winitzky : “Candamo: la última selva sin hombres” ; pueden ser estudiados como “textos” porque sin duda los son. “Textos” constituidos por signos lingüísticos (el relato del reportero en el caso de una nota o reportaje) y signos no lingüísticos (las imágenes que “visten” ese relato).
“Textos”, en los que tanto el emisor (el reportero) como el receptor (el público que ve la nota al aire) participan activamente en la producción del mensaje. Primero porque el reportero no puede ignorar al público mientras piensa, redacta o edita el reportaje, y segundo, porque el televidente hará su propia y particular interpretación de lo que verá en la tele cuando el canal emita la nota.

Que aquello que “ha querido decir” coincida, o al menos se parezca, a aquello que “se ha entendido” al final del reportaje, depende en buena cuenta de la habilidad y eficiencia del reportero como narrador, pero también de otros factores propios de la naturaleza del medio como por ejemplo, los hábitos de consumo de televisión del peruano promedio ( no es lo mismo estar sentado frente al televisor a la hora de la cena que, básicamente, “oir” la tele mientras nos duchamos por la mañana.).
Fenómeno complejo el de la recepción de los mensajes televisados, que dejaremos para otra oportunidad.
Nos conformamos ahora con acotar que : “En un sentido amplio, puede afirmarse que la televisión funciona como un canal técnico a través del cual se vehiculan programas que pueden adscribirse a modalidades tan diversas (o quizás no tanto) como pueden ser la educación, la información y el entretenimiento generalmente reconducidos a través de la síntesis del espectáculo.”( 6)

“Espectáculo” es el término clave para establecer, hacia el final de estas reflexiones, otra gran diferencia entre la prensa escrita y la televisiva , diferencia que tiene que ver directamente con lo que espera y reclama el lector de cada una respectivamente.
Mientras quien lee un periódico busca información en un sentido más estricto de la palabra, el televidente exige además de eso, espectacularidad.

Los “reporteros- estrella”

Fue a inicios de los noventas que los programas de investigación experimentaron una suerte de “boom” en la televisión peruana, gracias precisamente a ese carácter de espectáculo que adquirieron de manera casi natural. “Boom” que se vio reflejado en el rating (La Revista Dominical hacía fácilmente más de 30 puntos cada domingo) y en la manera en que “Contrapunto” , “Panorama” y “La Revista Dominical” convirtieron a sus reporteros en “estrellas”.
Una serie de coincidencias contribuyó a ello: la buena situación económica de los canales “grandes”, la llegada de equipos más modernos y portátiles, y sobre todo; una generación de periodistas, camarógrafos y editores mejor entrenados en el lenguaje de la imagen.

En el caso concreto de los reporteros, sus rostros y voces se tornaron familiares para el público. Las notas estaban “bien contadas”, eran “efectivas” y era frecuente verlos en pantalla ya sea atravesando un río en la selva para llegar a una comunidad asháninka en desamparo, entrevistando a alcalde de algún distrito en los extremos de Lima acusado de irregularidades, o contándonos la historia de los perros “sin pelo” del Perú; frente a una cámara de movimientos y señal impecable.

Una época dorada que terminó cuando las empresas televisivas comenzaron a pagar la factura del compromiso político de sus dueños.
Problemas económicos, legales y una tremenda desconfianza del público frente a la información presentada en la pantalla, eso es lo que nos ha quedado a cambio de las escandalosas pilas de billetes sobre la mesa de la salita del SIN.

Hoy pues, se dice que la tele está en desgracia, que “la única esperaza que nos queda está en el cable que ojalá nunca caiga en las garras embrutecedoras del rating” (7).
No creo que el rating sea embrutecedor y mucho menos poco útil. Tener una audiencia mínima garantiza la estabilidad laboral de quienes trabajan en televisión. De otro lado, saber interpretar las cifras de IBOPE permite obtener luces sobre quienes nos ven y para qué.

Es habitual y podría ser hasta comprensible que un productor “preocupado” por los auspicios, se valga de un buen par de tetas para que su programa sea más visto. No obstante, la experiencia ha demostrado que el rating generado por las tetas y los potos se va como vino porque no genera lealtad alguna en el televidente de un programa periodístico. Esta, tanto como el denominado “posicionamiento” de un programa dependen de aspectos, una tanto más complicados como por ejemplo, la credibilidad y la confianza del televidente, los que sólo se conquistan con tiempo y perseverancia.

Candamo

Sólo para terminar, hablemos del producto periodístico más ambicioso al que un periodista puede aspirar en televisión : el documental y del que probablemente sea el mejor y por cierto más sintonizado documental que se haya producido en el Perú: “Candamo, la última selva sin hombres” de Daniel Winitzky.

Merecedor de innumerables reconocimientos internacionales, entre ellos el “Photography Merit Award” del Internacional Wildlife Film Festival, USA, 1999, Candamo registró ratings nunca antes vistos para un programa de este tipo (50 puntos en promedio), ganándole incluso a la final de un mundial de fútbol.
El mérito, en gran medida, fue de la cámara.
“Candamo” como describiera con acierto Fernando Vivas en Caretas, fue antes que un documento, buen “cine de aventuras”, y Melo, Mañuco y Michaja, los héroes de la película.
Una propuesta cinematográfica para un minucioso trabajo de investigación. Casi cuatro años y 16 viajes a esta selva virgen fueron necesarios para su producción y realización.
En sus paisajes extraordinariamente encuadrados y editados como si del ojo humano se tratara, en el impecable registro de los sonidos reales (el roce de las hojas, el viento, la corriente de los ríos, el grito de los animales, etc), en la trabajada banda sonora y en la simpatía de los tres guías; encontraremos la clave del éxito de Candamo.
Pero claro, un documental no es un reportaje. El primero está menos “amarrado” a la coyuntura que el segundo y tiene consecuentemente menos apuro. Un reportaje se sostiene normalmente por un hecho noticioso, está vigente mientras sale al aire y cuando termina es noticia pasada. Un documental, no.
En todo caso allí están ambos, allí está la imagen hablando y el periodista narrando detrás del espectáculo.

(1) “Pensar la Imagen”, Santos Zunzumegui,1995.
(2) “
(3) “La Lectura de la Imagen, Prensa, Cine y Televisión” Lorenzo Vilches, 1984.
(4) “
(5) “
(6) “Pensar la Imagen”, Santos Zunzunegui,1995.
(7) Armando Robles Godoy, Caretas, (ver año).


Mávila Huertas

Una de las caras más conocidas de la televisión. Actualmente es conductora de ATV Noticias y de El Momento en Radio Miraflores. Es profesora en la UPC, donde tiene a su cargo los Talleres de Lenguaje Periodístico Televisivo y Taller de Periodismo de Investigación en Televisión. 

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