Instrucciones para no dejar de escribir


Cada vez que leía una gran historia publicada en una revista o en un libro, luego de disfrutarla, me entraba cierta envidia. Cómo era posible que esos tipos, escritores, periodistas, ensayistas, tuvieran el talento del que yo carecía, y que los hacía escribir tan buenas historias, pensaba yo, de una forma tan fácil. Debe ser, suponía entonces, que yo no sirvo para escritor porque a mí me cuesta mucho, pero mucho, sentarme a la máquina y acabar una página sintiendo que se trata de algo decente. Pero vivimos creyendo mitos. Y por eso alguna vez he pensado que el día que todo el mundo confiese la verdad respecto a cómo logró tal o cual hazaña, nos vamos a llenar de decepciones tan espantosas que será tan feo como saber en que consiste la muerte. Tan aburrido como ganarle a la computadora, y tan triste como saber de antemano las malas noticias. El mito que yo descubrí, cuando pude levantar una pizca del telón de fondo que nos está prohibido tocar, me demostró que escribir es un ejercicio que ni a los consagrados le resulta fácil. Y saberlo me llenó de valor. Después de haber ido a buscar hasta Francia a Vargas Llosa y haber conversado con él, e incluso haberlo animado con mi proyecto de libro, incluso después, nada estaba claro. Cuando volvía a Lima con la idea de escribir con toda mi energía desaforada, después de tanta emoción, sobrevino la sequía, y no pude pulsar ni una sola tecla. El cadete Vargas Llosa seguía siendo sólo una gran ilusión.

Pasaron días, semanas, y hasta meses, en los que sólo hacía apuntes de vez en cuando en un cuaderno en el que atesoraba datos sueltos, rumores, ideas, tareas pendientes, y preguntas, sobre todo eso, preguntas. Pero ni una sola línea sobre esa vivencia que en un momento me pareció inservible para la historia sobre el cadete Vargas Llosa que había empezado a escribir. Tuvo que pasar un tiempo largo para poder retomar la escritura del libro que ahora parecía más concreto que nunca, por todo lo que había entendido al conversar con el novelista en los días que pasé en Los Pirineos. Escribir siempre puede parecer un ejercicio romántico pero es una tarea que yo recuerdo por momentos frustrante, terrible, imposible. Escribir y sentir que no hay novedad, que todo está repetido, que le falta claridad, que la historia pierde el eje, muchos peros, muchas horas corrigiendo algunos fragmentos que al final terminaban en el tacho. No hay nada más horrible. Y todo eso lo hace a uno sentirse un inútil.

Cuando el curso de Periodismo Literario, en el que había nacido la idea de escribir una historia sobre Vargas Llosa, se acabó cuatro meses antes de mi viaje a Francia, me recuerdo a mí mismo comentando, en los pasillos con mis amigos, que había decido seguir con la investigación, porque había muchos cabos sueltos, y sentía una profunda curiosidad por encontrar más pistas, más testigos, más datos. En cierto modo sentía que había abierto recién una primera puerta que me había descubierto otras puertas más. Así sucesivamente intuía que había mucho más que descubrir. Y cuando lo comentaba recuerdo que me sentía excesivamente entusiasta frente a las caras de mis amigos que me miraban, sabiendo como era yo, con una expresión que me decía que mi entusiasmo parecía ser un poco quijotesco. Luego la cotidianidad, las clases, el trabajo y los amigos, lo hacen a uno descubrir que el escribir es un ejercicio solitario que obliga a poner en pausa al mundo. Y por eso, y por la enorme incertidumbre que a veces me atacaba, sentía la tentación de enterrar la historia en alguna parte, de meterla en un cajón y echarle llave para siempre. Total, pensaba, no tengo ninguna obligación y nadie la estaba esperando. Por eso no hay escritor que no advierta que debe ser el ejercicio mismo de la escritura suficiente para el autor. Todos advierten, como si se tratara de un peligro potencial, que ni publicar ni ganar premios ni salir en televisión debe ser valorado por encima del solitario enfrentamiento con las palabras.

En uno de esos días desde los que era imposible imaginar que al final iba ha terminar el perfil que escribía, encontré, por suerte, un relato de Abelardo Oquendo, uno de los grandes amigos de Vargas Llosa, en el que recordaba las cartas que le escribió el novelista desde Europa cuando era aún un anónimo. Unas cartas que para mí fueron una revelación. En una de ellas, fechada 11 de diciembre de 1958, Vargas Llosa le confesaba sus penurias durante los días que escribía La ciudad y los perros. La carta decía:

Voy a salir loco: frente a la máquina siento malhumor, palpitaciones, odio, impotencia, excitación, frío, fiebre, diarrea, contención, ahogo, asco, vómito, vértigo, una inexplicable y espantosa desesperación. Dejo la máquina y me acuesto: sueño despeñarme por abismos larguísimos y siniestros en cuyas cimas me aguardan las lucientes bayonetas de los cadetes del Colegio Militar como una anchurosa cama de fakir, o revivo los malditos sábados y domingos de consignas, paseándome como una fiera rabiosa dentro de la grisácea cárcel de La Perla, sin poder salir, y las humillaciones matutinas, vespertinas y nocturnas, constantes, ineludibles, bochornosas, de suboficiales, oficiales, brigadieres; la rutina y la disciplina, devorándote como un océano de arenas movedizas hasta succionarte la más mínima capacidad de raciocinio; la horrorosa soledad en medio de un mundo íntegramente hostil; las noches interminables, tendido en una litera, soñando con Miraflores en la hosca oscuridad de la cuadra; la corrupción, la angustia, las pesadillas, las imaginarias y, en fin, toda la tragedia y el sufrimiento de dos años que creía olvidados.

Y continúa la carta diciendo.....

Ahora mismo releo este párrafo: es artificioso y declamatorio falsifica mortalmente la verdad. Es eso exactamente lo que está ocurriendo en lo que escribo. Me doy cuenta, a pesar de que no he querido releer las setenta páginas que tengo acabadas. Las voy a dejar en Madrid: volveré a seguir trabajando cuando regrese, dentro de cuatro semanas más o menos. Adjetivos aparte, cada vez desconfió más de mí mismo. Si antes de terminar el año de beca no escribo algo que realmente me parezca valioso, creo que voy a rectificar mis planes: sería una tontería seguir insistiendo en hacer cojudeces decorosas.

Cinco meses después, en mayo de 1959, en otra carta le escribe algo que ahora suena inverosímil pero que alienta a cualquiera que recién empieza ha escribir.

Para evitar la reflexión y el suicidio me he dedicado a trabajar a fondo. Sólo salgo del hotel, prácticamente, para comer. He dado un buen empujón a la novela cada día me convenzo más de que esto sí puede ser algo valioso. Olvídate de todas las estupideces que he escrito, ejercicios ridículos de adolescente: tengo la impresión que si la novela sale como la presiento, seré por fin un escritor. Te confieso que es lo único que me retiene en Europa. Si veo que todo es un espejismo, haré las maletas y -no sé cómo- me regreso a Lima y no vuelvo a escribir una línea.

No había ninguna magia. Así fue que lo comprobé. Ningún don particular que hiciera que los escritores no tuvieran problemas en su proceso creativo, y que todo era cuestión de perseverancia e incluso terquedad. Alguna vez leí que Flaubert confesaba lo mismo en una epístola, igual que Rilke. Todos igual de presos por esa incapacidad para poder poner en el papel aquello que uno cree pensar con tanta claridad antes de sentarse frente a la máquina. Qué se va imaginar alguien que recién empieza que hasta el día de hoy Vargas Llosa siente mucha inseguridad cuando empieza ha escribir una novela. Lo he oído decir más de una vez que, para evitar ese tremendo vacio inicial, prefiere escribir de un tirón el borrador de su historia, sin importar que dicho manuscrito esté repleto de errores narrativos, conceptuales, y hasta sintácticos. Pero claro, qué va uno a pensar que un gran escritor o un intelectual destacado en todo el mundo es también una persona repleta de dudas al empezar un texto, por más ínfimo que sea. Lo único que se va acumulando son millas. Como cuando uno viaja en avión. Puro kilometraje profesión, puro oficio para domar las palabras. Yo tampoco me imaginaba, cuando empecé a reportar la historia del cadete Vargas Llosa, que detrás de ese mito había existido el adolescente tímido y el abuelo que alguna vez se disfrazó de Papa Noel en Navidad para darle gusto a los nietos que adora. Ese otro lado es el que yo he querido descubrir en mi libro. El perfil del adolescente anónimo que a partir de su experiencia militar empezaría a forjar ideas que hasta hoy lo acompañan como su eterna rebeldía contra el autoritarismo, y su lucha, contra viento y marea, por la libertad.

Pero escribir, que había empezado como una tarea de la universidad, se llegó a convertir en una aventura que cuestionaba toda mi existencia. Muchas veces me pregunté de qué servía llenar hojas y hojas con palabras. Y en todo caso, por qué lo hago. En algo cambiarían las cosas, pensaba tal vez. Nunca pude responderme. Menos mal que una vehemencia insospechada por la historia que tenía entre manos me sacaba por suerte de esos hoyos de la incertidumbre. Hasta que llegó la hora final y el drama de perfeccionismo, que no es más que una epidemia que ataca a todo el que se lee durante decenas de páginas y se descubre fallido, una y otra vez. Pero ese síndrome es también una enfermedad popular, de la que adolece cualquiera que llega al último párrafo de su historia. Supongo que no existe la fórmula para que una narración sea absoluta. Quizá por eso es conocido que muchos escritores son los perores lectores de sí mismos. Vargas Llosa me dijo una vez que él no había vuelto a leer sus novelas jamás, por salud mental pensé yo, y que por eso su memoria, tan normal como cualquiera, sólo recordaba las historias y los personajes centrales de cada relato. A todos los detalles su memoria les había hecho delete. Cuando me lo dijo, se lo pregunté de nuevo. No lo pude creer. La diferencia entre una novela y una historia de no-ficción, es que una termina y la otra no. Un escritor de ficción puede planear el mejor final para su novela, y esta acabará para siempre. Un cronista en cambio está sentenciado a saber desde el inicio que su historia, como es tomada la realidad y discurre eternamente como el agua de un río, será mutante. Y que por eso podrá ser reescrita mil veces. Ahora recuerdo la voz de mi editor al teléfono. Me decía que debía terminar el libro y aceptar de una vez que era probable que siguiera encontrando datos o testigos por el resto de mi vida y que si quería escribir otros relatos debía aprender a no contarlo todo. Él concluía diciendo: no te olvides que no existe el libro perfecto.
Cuando recibí el primer ejemplar de El cadete Vargas Llosa, mientras todos se alegraban, yo sentía una sensación de desamparo. Sentí como si hubieran vaciado mi casa unos ladrones. Había que aceptarlo. Se había acabado esa aventura con la que había convivido dos años y que me había hecho vivir momentos terribles pero también increíbles. Quizá por eso tuve la sensación de que pronto, muy pronto, empezaría con otra historia, otra aventura, con otro viaje a algún lugar: una crónica siempre es una fuga disfrazada.


Sergio Vilela

Sub editor de la revista Etiqueta Negra. Egresado de la UPC, ha publicado el libro El Cadete Vargas Llosa. Ha publicado El Comercio de Lima, El País de Madrid y en la revista El Malpensante de Bogotá. En el 2003 recibió una beca para participar en el Taller de Crónicas dictado por Alma Guillermoprieto, en la Fundación del Nuevo Periodismo Iberoamericano. 

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