EL ENSAYO Y LA CONSTRUCCION DE LA IDEA

Por Ronaldo Menéndez

El "arte de pensar" y el "arte de contar ideas" pueden parecerse mucho, y a la vez pueden abismarse en fundamentales diferencias. Aparentemente, una cosa es pensar (casi todo el mundo piensa), y otra muy distinta es poner por escrito o narrar un conjunto de ideas acerca de algo. Pero partamos de restringir nuestro razonamiento al ámbito de aquellos que pretenden escribir sobre lo que piensan, o sea, los pseudofilósofos, los ensayistas, los embusteros o los periodistas de opinión.

En esta ambivalencia entre el acto pensar y el de darle forma escrita a las ideas se esconde la enorme dificultad que reporta separar una cosa de la otra. Ocurre una especie de efecto camaleónico, donde quien piensa en estas posibilidades: a) contar ideas es lo mismo que producir ideas, b) contar ideas es muy distinto a producir ideas; puede mimetizarse con una de ambas premisas al mejor estilo de aquel personaje de Woody Allen. Puede ser incluso que ninguna posibilidad predomine sobre la otra, ergo, ambas se parecen tanto como tanto se diferencian. El ensayista puede escoger la que más le guste, o ambas sucesivamente si le gusta jugar con ideas.

Pensar por escrito es hacer el cuento de una idea

Analicemos entonces dicha posibilidad (a) y examinemos sus consecuencias para algo tan concreto y particular como puede ser la escritura de ideas, en su forma literaria que es el ensayo. Una observación liminar: el ensayo es un género literario que inventó el francés Michel de Montaigne, porque acaso su época, el Renacimiento, vislumbró a través de su talento que el hombre moderno necesitaba un modo de consumir el conocimiento que no fuera a través de vastos tratados y ociosas monografías, sino a través de un discurso más personalizado, pasional y elegante en sus formas lingüísticas, vale decir, entretenido.

Si afirmamos que narrar ideas en lo mismo que producir ideas, podemos infiltrar un fantasma familiar y decir que el ensayo es una especie de "crónica de ideas". Entendiendo que la crónica es ese género impreciso entre el chisme y la objetividad factual, que tiene como fútil pretensión adueñarse de esa masa informe que para un hombre, un cronista específico, es La Realidad. Términos aparte, Borges decía en una sugerente idea: si mi carne es capaz de asimilar la carne bruta de oveja ¿por qué mi mente no podría nutrirse, como si fueran suyas, de las ideas de otros hombres?. La consecuencia más directa, para el ensayista, sería que éste quedaría convertido en un fatal cronista de ideas. Ensayar es, pues, jugar con la inteligencia, bajo la condición de que la buena inteligencia es hija de la inteligencia de otros. O sea, cuando expongo una idea de la calaña de: El universo está condenado a repetirse eternamente, porque consta de un número finito de elementos que se combinan en una serie temporal infinita, estoy acudiendo a una legendaria crónica de época: el mito del Eterno Retorno, acuñado por Nietzche. Pero también estoy aludiendo a la tesis de los pitagóricos y de los estoicos, y al año Platónico (el discípulo de Sócrates afirmaba que los siete planetas terminarían equiparando sus velocidades y todo iba a recomenzar en un vértigo de repeticiones). Yendo más lejos, estaría implicando la antítesis misma de la idea del Eterno Retorno, hermosamente formulada por San Agustín cuando afirmaba que la cruz de Cristo nos salva del laberinto circular de los estoicos. ¿Qué acabo de hacer?: a) he formulado la idea del Mito del Eterno Retorno, b) he esbozado la crónica mínima de esa idea, pues la sola formulación implica los pasos que dieron numerosos predecesores de dicha idea.

Pero no perdamos de vista lo principal, el hecho de que el ensayo se parece a una crónica de ideas. El ensayista que por un instante olvida esto se está abismando en los más pretenciosos laberintos de un falso intelecto. Creer que la argumentación inteligente está incontaminada de su historia, decir algo convencido de que es una idea nueva bajo el sol, suponer que ningún hombre, absolutamente ninguno, es más inteligente que yo con respecto a mi idea puesto que soy su dueño absoluto y novedoso Dios, es una ingenuidad y una falacia intelectual, fabricada bajo la suposición de que mi lector es un ignorante. Entonces ¿para qué le sirve al ensayista tener conciencia de que su género es también un género de la repetición, de la crónica, de decir lo que pasó? En su aspecto formal, me sirve para narrar algo con elegante modestia y cautelosa erudición, cosa que el lector instruido agradece en honor a la verdad, y el no instruido agradece en honor a su instrucción, pues no sólo estoy pensando a su lado, sino que le estoy diciendo cuáles son las fuentes de mi pensamiento. Por otro lado, al tener conciencia de las fuentes de mi pensamiento, mi pensamiento se ahonda, pues estoy en disposición de ir más allá de lo que otros dijeron, o eludir rimbombantes apreciaciones vistiéndolas de originalidad, o de incurrir en el hallazgo del agua tibia (o del mito del Eterno Retorno).

Pensar por escrito es crear ideas

El arte de pensar en palabras lo inventaron los primeros filósofos por allá por el S VI a C, y lo perfeccionó ese gordo libidinoso y delicado llamado Sócrates. Su máxima expresión, en aquellos tiempos, se la dieron esos hombres excomulgados por Platón que fueron los sofistas. ¿Qué hacía un sofista, además de seducir a efebos y damas, saciarse de vino y calzar sandalias hechas por él mismo? Pensar en voz alta, pero pensar a la manera de Tristán Tzara cuando decía: El pensamiento se forma en la boca. O sea, eran esos parlanchines hábiles, etimológicamente esos sabihondos que podían argumentar con la misma eficacia que los caballos ladran o que los gatos relinchan. Cualquier cosa era posible para el inventor de ideas, porque contaba con la poderosa arma de la retórica.

Pero hay algo más profundo en la disposición de inventar ideas: la autosuficiencia, en su mejor sentido. Pararme ante el conocimiento con la insolencia del niño que agarra un objeto por primera vez, y en ese acto produce dicho objeto, lo expone al mundo como si nadie lo hubiera visto antes. En ese acto soberbio y sutil hay una gran potencia: soy capaz de darte algo nuevo porque en verdad creo que existe algo nuevo. Eso es producir ideas, que es muy diferente a respetar con beatitud la historia de esa idea, a hacer su crónica. Hay en la crónica de ideas -la actitud de exponer una idea con todos sus padres y parientes cercanos- una suerte de aburrimiento histórico, una cautela intelectual que se parece a la cobardía, y que muchas veces lleva al ensayista a quedar atrapado en el círculo de la vana erudición, sin que nada de lo que dice parezca nuevo. Pero hay además una profunda consecuencia que parte de una premisa hasta ahora escamoteada por mí: el ensayo es jugar con ideas, siempre y cuando estas ideas respondan a mi yo más íntimo, a mi sesgo personal. Esto es lo que separa al ensayo de los tratados y las monografías, el hecho de que el lector se relaciona con un autor singular, de carne y hueso, con pasiones y ánimos particulares, capaz de exclamar en medio de este párrafo, por ejemplo: Si usted no está de acuerdo con mi idea, tiene una sola razón: no la ha comprendido.

¿Qué tiene que ver todo esto de forma clara con la actitud (b)? Pongámoslo así: si estoy convencido de que dar ideas por escrito no es repetir como un loro -o como un cronista de ideas- lo que otros dijeron, sino que se basa en hacer malabares con el intelecto para fijar una idea sola y distinta, estoy dando un paso para que el conocimiento sea infinito, y no un mito del Eterno Retorno. Y aún más, estoy opinando, o sea, tengo algo más que conocimientos muertos acerca de determinado tema, tengo ideas propias que son legítimas en la medida en que mi juicio se restringe al yo opino.

Ya sospechará el lector la gigantesca broma que encierra defender y criticar, simultáneamente, las posturas a y b. Las dos son ciertas si se les asume inteligentemente, y son falsas si nos olvidamos de que escribir ensayos es cuestión de conocimientos, pero también de oficio e ingenio. Ensayar tiene un poco de ambas; hago la crónica de mis ideas a la vez que expongo algo nuevo y personal. Trabajo con los padres, pero les regalo un hijo. Si es o no un hijo descarriado, se resolverá en el terreno de la disputa. Todo queda en el placer de contar ciertas verdades, y no verdades ciertas.


Ronaldo Menéndez

Estudió Física, Bibliotecología e Historia del Arte aunque actualmente es escritor de ficción y periodista. Ha publicado entre otros libros La piel de Inesa y De modo que esto es la muerte. Ronaldo se las arregla para combinar su vocación literaria con la docencia. 

 

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